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Llevarse el café, para disfrutarlo en la oficina, o simplemente para disfrutarlo al caminar por la calle, es una tendencia que amenaza con quedarse para siempre. Este artÃculo de La Nación analiza el fenómeno que surgió en el barrio de Palermo.
Primer acto. Hay más de 50 personas haciendo cola para tomar un café. A las 18.10, la fila sale del local y alcanza la esquina de Coronel DÃaz y Arenales.
Franco Bambici y Tomás Ramella, los dos de 18 años, vienen cansados de la Facultad, pero no se impacientan y se suman a esta peregrinación. Todo sea por un café en Starbucks.
Ya se consideran adictos a esta cadena estadounidense. Tanto, que defienden a capa y espada los precios altos, pese a que la primera vez que lo probaron fue sólo hace una semana. "Yo lo conocÃa por las pelÃculas", dice Tomás.
No es novedad que el primer local de Starbucks en la Argentina, que abrió hace un mes, causó revuelo en los porteños. Es la empresa que vende 4 millones de cafés por dÃa en todo el mundo, conocida por su largos vasos térmicos de medio litro, ideales para llevarlos a cualquier parte.
Otros cafetines de Buenos Aires se preguntan si caminar y tomar café a la vez se convertirá en tendencia. Por las dudas, algunas firmas como Havanna y Café MartÃnez incorporaron el servicio este año. Otras como McCafé, Bonafide y Aroma lo refuerzan con vasos más atractivos. The Coffee Store también hace varios años que ofrece el producto. Y hasta el Bar 6, uno de los iconos cool de Palermo SoHo, anuncia en un pizarrón callejero que tiene café para llevar.
Segundo acto. La fila en Starbucks avanza y, a mitad de camino, dos empleados se acercan a Franco y Tomás para recibir el pedido y, con un marcador azul, ponen el nombre de cada cliente en su vaso vacÃo. En un rato lo van a entregar en el mostrador y los van a llamar por su nombre con el vaso lleno. Puede que lo agarren y se vayan caminando... o que elijan una mesa.
Fútbol, mujeres, polÃtica... El tema es lo de menos. Se sabe que a los argentinos les gusta juntarse a tomar un café con amigos, charlar sentados y compartir el momento. Por eso no está probado que llevarse el café vaya a convertirse en un boom.
Elizabeth, que acusa "más de 40", toma un respiro antes de terminar su dÃa laboral, en el McCafé de Vicente López 2050. "En Buenos Aires no se ve gente tomando café por la calle -dice-. No creo que tenga éxito esta idea. En cambio, en Nueva York sà se ve por todos lados gente caminando con su vaso."
Del lado del cafetÃn más tradicional, el encargado de la mÃtica La Biela, Carlos Gutiérrez GarcÃa, afirma: "Al argentino le gusta sentarse a la mesa, que lo sirvan. El café lo toma sentado. Sólo los turistas extranjeros compran para llevar".
Un rato después, en el Café MartÃnez, en Pueyrredón 2231, Mercedes, de 37 años, comparte una mesa con su compañera de trabajo Mónica y toma de su pocillo de porcelanato. Confiesa que cuando está apurada se compra café para llevar, pero prefiere tomarlo sentada.
Uno de los encargados del local, Miguel Paladino, asegura que todavÃa no está impuesta la tendencia, pero que hay gente que el café se lo lleva. Y muestra los dos tamaños de vasos: el más grande cuesta 6,20 y el más chico 5,40 pesos.
"Hay gente que viene de paso, por la mañana, y se lo lleva a la oficina. Es que necesitan el café para despertarse un poco", dice Pablo Gómez, encargado de The Coffe Store, del dique 1 de Puerto Madero.
El gerente de segmento de negocios de McDonald s, Christian Davio, opina que la tendencia va ir creciendo, pero no en los niveles de otros paÃses. "Por ahora, el 95% del consumo se produce dentro del local", asegura.
Estos números y las costumbres fueron tenidas en cuenta por los ejecutivos de Starbucks: "La gente no lo quiere para llevar. Vemos que empieza el café en la tienda y después, si le sobra, se lo lleva. Pero se sienta un buen rato", explica Diego Paolini, gerente general en la Argentina de la cadena de cafeterÃas. Por eso, sigue, armaron un local porteño más amplio de lo habitual, con una buena cantidad de mesas y sillas tanto adentro como afuera.
Tercer acto. Después de 30 minutos, Franco y Tomás llegan a la caja y tienen, por fin, el café en sus manos. El local está lleno. El resto de la gente compra su café en vaso térmico, pero no se va. Ni adentro ni afuera, pese al frÃo, queda una mesa vacÃa.
Pero los dos amigos no van a renunciar a pasar un buen rato en el local. Consiguen uno sillones amplios y cómodos, que se comparten, y finalmente se quedan. Es que, por más globalización que haya, Franco y Tomás siguen siendo argentinos.
Julián MarÃa IturrerÃa
fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1027986
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